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Hace 105 años, el Rey Alfonso XIII inauguró una pequeña presa entre Hoyo de Manzanares y Colmenar Viejo, en un lugar que la Naturaleza preserva con mimo, El Grajal.

La presa del Grajal está en una zona agreste, cerrando un difícil paso del rio Manzanares no muy lejos de su nacimiento, es una garganta de difícil acceso que divide en dos el lugar, como si un cuchillo afilado hubiera cortado la roca de granito. No ha sido el acero en certero golpe quien ha roto la piedra, ha sido el agua, escasa pero contundente del río Manzanares en su camino a Madrid la que ha dificultado por los siglos, el paso de los caminantes y jinetes que entre Colmenar Viejo y Hoyo de Manzanares transitaban, tal vez este último pueblo reciba tan pintoresco nombre del paso del rio por su cercanía y en especial de ese lugar, aunque pertenezca al municipio de Colmenar.

Recuerdo que cuando apenas tenía diez años, algunas veces, en las excursiones familiares por la sierra madrileña transitábamos en el viejo Seat 600 por la estrecha, serpenteante y peligrosa carretera que salva el profundo, que no caudaloso, lecho del Manzanares en ese punto. En la ladera más cercana a Hoyo de Manzanares se podían ver los restos ya oxidados de algunos coches, aplastados, muy deteriorados, bastantes metros por debajo de la carretera. Esto ha ocurrido hasta no hace muchos años en los que se acometió, por fortuna, la limpieza del lugar de vestigios tan indeseables, coincidiendo con la concesión de zona de especial protección medioambiental cuando se la declaró Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares. La visión de esos restos ejercía de aviso aterrador de la peligrosidad de la carretera y sin embargo, como pude saber después, eran restos de rodajes cinematográficos en los que el guion exigía un accidente dramático y de gran plasticidad. Eran tiempos en los que el amor por la Naturaleza no era suficiente para justificar el costo de la limpieza de un lugar tan complejo, un costo caro en aquellos tiempos, eso y la desidia tradicional que prima siempre el beneficio.

La carretera cruza el río gracias a un puente, llamado puente nuevo del Grajal, construido en 1895 ya que el viejo puente quedaba escaso para el cada vez más abundante uso que se le daba. Ese puente aun hoy soporta el paso, ya no de caballerías y carromatos, sino de coches y camiones, pero su presencia oculta, probablemente por fortuna, la presencia del viejo paso andalusí, el viejo puente del Grajal, ese que algunos, erróneamente consideraron romano pero que, por su construcción, sus medidas y significado, fue seguramente construido por la España musulmana ya que en un momento de la historia de estas tierras, justo esa zona fue frontera fortificada como por entonces se fortificaban las fronteras, protegiendo los pasos frecuentes, colocando ciudadelas amuralladas, castillos y atalayas de vigilancia. El viejo puente, restaurado en el Siglo XVIII, de ahí su excelente estado, formaba parte de un camino defensivo que facilitaba los movimientos de tropas entre Talamanca del Jarama, donde está la primera construcción de estas características aunque muy reformada, y el valle del Tietar. Por el camino quedan los restos escasos de los puentes de Alcanzorla, entre Torrelodones y Galapagar, o el del Pasadero, en las cercanías de Valdemorillo, de los que apenas queda el arco de medio punto. Este camino, sus puentes, atalayas y ciudadelas defensivas formaban parte de la Marca Media, la frontera entre el Califato de Córdoba y los Reinos Cristianos del norte entre los siglos IX y XI.

Unos pocos metros más arriba del puente viejo, otra construcción, la presa, es también un reflejo fiel de la historia de la zona. La presa del Grajal fue una iniciativa del entonces Marqués de Santillana, D. Joaquín de Arteaga y Echagüe. Construida en 1908 por la empresa del Marqués, Hidráulica Santillana, con un doble objetivo, por un lado suministrar agua a Madrid, y los entonces pueblos de Tetuán de las victorias, Chamartín de las rosas, El Pardo y Fuencarral, además de Colmenar Viejo, pero también para obtener la energía eléctrica escasa por aquel entonces, mediante la fuerza del agua, la primera de Madrid. La presencia en la inauguración del entonces Rey, Alfonso XIII estaba de sobra justificada al ser el primer salto hidroeléctrico que suministraba energía eléctrica a Madrid además de la gran amistad personal que le unía al noble y empresario con el que compartía aficiones y veladas de caza.

Construida en sillería de piedra de granito, el material más frecuente y por ende más barato de la zona, tiene una altura de 10,5 metros y era capaz de embalsar 80.000 metros cúbicos de agua. La presa del Grajal dejo de ser útil con la construcción del embalse de Santillana, junto al castillo del mismo nombre en Manzanares el Real unos kilómetros al norte, Convirtiéndose en otra historia olvidada en compañía del viejo y hermoso puente árabe.

Sin embargo, no son los únicos puntos de interés en la zona. El recorrido del Manzanares por la zona agrupa un buen número de antiquísimos molinos de grano y batanes para la compactación de tejidos. Ambas industrias necesitaban de un curso de agua para aprovechar la energía hidráulica para su funcionamiento. Algo más arriba de la central eléctrica del Navallar, aun en uso, hay un hermoso ejemplo de molinos hidráulicos en un agradable pero agreste paseo, y muy cerca del puente, rio abajo, están los restos de otro molino y un batan, estos en buen estado, dentro, claro está, de la desidia que existe para acometer la recuperación de algunos de estos lugares.

La zona, por lo escarpada, es peligrosa, tal vez por eso reúna aun, estos hermosos vestigios del pasado en desuso, pero que harían feliz a cualquier enamorado de la historia, lo triste es que muchos de los paseantes de la zona ni conocen ni quieren conocer los orígenes de las construcciones sobre las que transitan, perdiéndose así una riqueza que, en conjunción con la Naturaleza, hacen del caminar un momento incomparable.

Revista Cibernaturaleza.

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