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Palmira: Una joya de la historia

Esta joya arqueológica tal vez ya no exista, me han llegado noticias de que ha sido lugar de combate en esa absurda guerra de Siria, al parecer los obuses y las ametralladoras han barrido la zona y me embarga la tristeza, tal vez he de tachar de esa utópica lista de lugares que me encantaría conocer y que la infinita estupidez humana, como la calificó el inefable Albert Einstein, ha borrado del mapa.

La destrucción parece asociada a Palmira, una vez fue el emperador romano Aureliano quien la mandó arrasar como castigo a sus levantiscos habitantes en el siglo III, reconstruida después, siete siglos más tarde, un terremoto la cubrió definitivamente con la pátina de la historia. Lo poco que queda, objeto de admiración por la población siria y los muchos visitantes que cada año paseaban por lo que fueron repletas calles de una ciudad importante, pueden haberse perdido para siempre en favor de bastardos y asesinos intereses. La absurda y prefabricada guerra de Siria no solo está generando miles de muertos, una tragedia humana sin sentido, también está destruyendo el patrimonio histórico de la humanidad.

Pero centrémonos en la historia de ésta que fue una ciudad admirada entre dos mundos, oriente y occidente.

Existen noticias de que el asentamiento que dio lugar a la ciudad de Palmira, es muy antiguo. Aunque el embriagador nombre de la vieja ciudad fuera de origen arameo (la etimología viene a ser “ciudad de los árboles de dátil” por su cercanía al oasis de Afqa), el original, coincidente con la más cercana y moderna ciudad del yacimiento, era Tadmir.

Capital de los nabateos, pueblo que algunos asocian con la descendencia de Ismael, tras la decadencia de Petra que estaba más alejada de los acuartelamientos romanos y por ende, más expuesta a las incursiones de las tribus no pacificadas, alcanzó su máximo esplendor en el siglo III de nuestra era como paso obligado de la ruta de la seda. Las caravanas que trasladaban mercancías preciosas de oriente a occidente entraban en el Imperio Romano, zona más segura por Palmira, antes lo hacían por Petra, pero la presencia de guarniciones militares del imperio más al norte, promovió este cambio de hábitos del comercio. Palmira era pues una ciudad prospera que llegó a albergar a alrededor de 200.000 habitantes, en gran medida dedicados al comercio. Plinio el viejo la definió como “independiente entre dos mundos”. El emperador Adriano, impresionado por la magnificencia de la ciudad durante una importante visita, le otorgó derechos de ciudad libre, Palmira le agradeció tal gracia con un cambio de nombre, así pasó a llamarse Palmyra Hadriana.

Justo en su momento de máximo esplendor, siendo provincia de frontera, sufrió el acoso de los sasánidas. Esta situación provocó ciertos cambios geopolíticos en la zona, aunque no fueron muy duraderos. El emperador Valeriano trató de defender las provincias de oriente del ataque persa pero fue apresado y muerto, según unas fuentes, escasas, brutalmente asesinado, según otras a causa de los trabajos forzados a los que fue condenado por el Rey Sapor de Persia. Sea como fuere, el hijo de Valeriano se hizo con el poder en Roma mostrando un desinterés grande en la suerte de su padre. En tal orden de cosas, el gobernador de la provincia que ya tenía su capital en Palmira, Septimio Odenato continuó la lucha contra los Sasánidas pero es también asesinado, el vacío de poder se hace enorme. Es el momento que aprovecha su viuda, Zenobia, para proclamarse monarca del efímero reino de Palmira, corría el año 266. Sus posesiones abarcaban lo que conocemos por Siria, Palestina y Egipto. Mientras, en Roma, el Hijo de Valeriano, Galieno que tras haber asumido el cetro sin tener clara la suerte de su padre, es asesinado. Le sucede uno de los llamados emperadores generales, Aureliano que recupera todos los estados desgajados del imperio aprovechando la debilidad de la crisis del siglo III y el vacío de poder tras la muerte de Valeriano. Entre los territorios recuperados está el reino de Palmira. Detenida Zenobia, es trasladada a Roma, en el año 272, la ciudad es perdonada siempre que se mantuviera fiel a Roma, pero los habitantes de la ciudad, se niegan a abandonar el proyecto de estado que Zenobia había iniciado, se levantan de nuevo contra la metrópoli y el nuevo emperador no lo tolera, ordena destruir por completo la ciudad.

Este sin embargo, no fue el fin de Palmira. Tras reinados cortos de emperadores romanos, muertos o asesinados en una sangrienta lucha por el poder que debilitaba cada vez más a Roma, Diocleciano puso fin en el 284 a la llamada crisis del siglo III que estuvo a punto de acabar con el Imperio Romano. Tras un acuerdo de paz con los Sasánidas, reconstruyó Palmira. La nueva ciudad, más pequeña que la que llegó a rebelarse contra el imperio, tenía una doble función, mantener el flujo comercial con las provincias romanas y servir de base de operaciones para las unidades militares que en ella se acuartelaron. El llamado campamento de Diocleciano se ubicó en el que fuera palacio de la reina Zenobia, a las afueras de la nueva ciudad. A pesar del acuerdo de paz, el imperio de los persas seguía siendo un enemigo peligroso y había que vigilar las fronteras.

Pasó mucho tiempo, Roma dejo de ser un imperio, el campamento de Diocleciano vio como sus ocupantes se dispersaban y la ciudad nabatea de Palmira seguía allí, el comercio ya no era tan floreciente, en occidente reinaban tiempos oscuros, la demanda de sedas, especias y otros productos de Asia no era tan voluminosa, la importancia comercial de Palmira se fue diluyendo. En el año 634, la presión de los árabes no encontró excesiva resistencia, la ciudad pasó a formar parte del mundo musulmán. Cuatro siglos más tarde, un poderoso terremoto acabó con Palmira, sus habitantes, muy lejos de los 200.000 que un día habitaron en ella, se dispersaron dejándola en el abandono que ha llegado a nuestros días, o mejor habría que decir, hasta hace dos años.

Hasta el comienzo de la guerra de Siria, Palmira era uno de los lugares preferidos de los muchos que tiene este país para los que sienten la llamada de las culturas antiguas. Parte del Eufrates cruza tierras sirias y no conviene olvidar que para muchos, Mesopotamia, la tierra entre este río y el Tigris constituye el origen de la cultura que hoy consideramos occidental. En esas tierras milenarias está escondido, tal vez, el secreto del origen del hombre y sin embargo, la permanente inestabilidad política y militar de la zona parece pensada para alejar de allí a investigadores, historiadores curiosos y visitantes en general, como si hubiera que evitar el conocimiento que guarda esa tierra reseca.

En Palmira, si los obuses no han acabado con el yacimiento, cabe destacar el templo de Bel, en realidad es el dios babilónico Baal que en arameo significa Amo. Curiosa traducción. El templo de Nebo, dedicado a otra deidad mesopotámica, dan que pensar, Palmira no parecía proclive a aceptar las deidades romanas, tenían su propia religión, su propia liturgia heredada del otro lado del Eufrates, como parece desprenderse de recientes estudios, algo que ocurre también con el culto a los dioses griegos e incluso pudiera ser el origen inspirador de más religiones aun vigentes. Otros lugares de gran interés son el Ágora, el teatro y el antes mencionado campamento de Diocleciano. Algo más alejado del núcleo de la población se levanta un templo cuya advocación es desconocida y, si las armas no lo han destruido, estaba en muy buen estado.

A muy pocos kilómetros, en las colinas circundantes, se debe visitar el llamado “Valle de las tumbas”, lugar donde se realizaban los enterramientos de la ciudad en unas curiosas construcciones funerarias en forma de torres cuadradas, algunas muy bien conservadas. Parece que fueron construidas en el periodo de esplendor de la ciudad, es decir, desde el siglo I al III. Se han catalogado varios tipos de tumbas, las tumbas torre, las tumbas casa en superficie y las tumbas hipogeo, tanto tipo torre como casa, pero subterráneas. Unas construidas con frescos pintados en la pared y decoradas con esculturas, a modo de panteones familiares, otras de grandes dimensiones que podían servir como última morada hasta a 500 cuerpos.

Palmira fue un crisol cultural entre oriente y occidente, incluso pudiera, junto con Petra haber servido de canal para transmitir conceptos culturales y religiosos procedentes de Mesopotamia y culturas aún más antiguas. En 1980 fue declarada por la UNESCO patrimonio de la humanidad, un nombramiento que no parece haber servido de mucho. Cuando callen las armas, veremos lo que la estupidez humana ha dejado en pie, pero como última reflexión diré, qué se puede esperar de quien hace uso de la vida de sus semejantes en beneficio propio, para esos seres repugnantes, los instigadores de uno y otro lado, la historia es uno de sus peores enemigos y lugares como Palmira se resisten siempre a sus delirios.

Juan Pablo Muñoz Montes

Fotos: Pilar González

 

 

 

 


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