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El Monte de El Pardo es una zona boscosa situada en  Madrid, capital de España,  que presenta  una gran variedad de flora y fauna,  con alrededor de 120 especies catalogadas de flora y  200 especies de fauna. Se extiende alrededor del curso medio del río Manzanares, a lo largo de 16.000 hectáreas, y está  integrado en el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares. En 1987, fue declarado Zona Especial de Protección para Aves (ZEPA) y está gestionado por Patrimonio Nacional.  La mayor parte   se encuentra rodeado de una valla  que recorre su perímetro  a lo largo de 66 kilómetros, pero hay  zonas cercanas a áreas urbanas que están abiertas al público con sendas y caminos para disfrutar de la naturaleza. Limita al norte con los municipios de Tres Cantos y Colmenar Viejo, al noroeste con Hoyo de Manzanares y Torrelodones y al oeste con Las Rozas, además  linda con  barrios de la capital como  Fuencarral y Aravaca. Históricamente fue  un  coto privado de caza   por parte de varios reyes españoles y más tarde por Francisco Franco.

 

 

El bosque se asienta sobre un valle  formado por el río Manzanares en su curso medio. Su suelo está constituido por elementos arenosos y detríticos, originados por la disgregación de los materiales graníticos de la Sierra de Guadarrama, que lo bordea por el norte, y de la Sierra del Hoyo de Manzanares por el noroeste. El suelo es muy vulnerable ante los procesos de erosión, por lo que podemos encontrar  numerosos barrancos y torrenteras.  La  orografía a excepción de lo citado  es poco accidentada, está formado por lomas pequeñas y onduladas, que bajan en suave pendiente hacia el valle del Manzanares, que lo atraviesa de norte a sur.    

Dada la abundancia de llanuras, el Manzanares se remansa en numerosas ocasiones, además  es retenido en el embalse de El Pardo, construido para regular las presas de canalización del río a su paso por Madrid. El pantano tiene una superficie de 550 hectáreas y una capacidad de almacenaje de 43 hm³.  

 

FLORA

 

Entre la flora podemos encontrar encinas, alcornoques, fresnos, chopos, quejigos, pino piñonero, enebros, retamas, jaras, cantueso y mejorana entre otras muchas especies. Además  cuenta con árboles centenarios, 4 de ellos  incluidos en el Catálogo de Árboles Monumentales Madrileños,  dos olmos con más  de 200 años  situados junto al río Manzanares en Somontes y dos  alcornoques de grandes proporciones.

 

 

 

La vegetación de ribera podemos encontrarla ligada a cauces de ríos y suelos con nivel freático (agua subterránea) poco profundo. Debido a la humedad existen árboles y arbustos caducifolios que ocupan una estrecha banda, a lo largo de arroyos y ríos. Desde el punto de vista ecológico son de gran importancia, ya que además de una labor de refugio de fauna, fijan los suelos y taludes de los cauces, evitando que las crecidas erosionen el suelo de estos frágiles ecosistemas.

 

 

Las márgenes del río Manzanares presentan estos ecosistemas típicos de ribera  que se distribuye en función de la proximidad al agua. En las zonas más próximas al agua se sitúa la vegetación palustre, compuesta por eneas, juncos y arbustos o arbolillos como sauces, que tapizan las orillas protegiéndolas de la acción erosiva del río. En las zonas más degradadas del río, la vegetación de ribera está sustituida por zarzas. En una posición algo más alejada del agua se encuentran zonas llanas de suelos muy fértiles (terrazas fluviales) y se desarrollan las choperas. Junto a estos chopos, en lugares con suelos profundos y secos, se encuentran los fresnos y más alejados y a mayor altura del caude del río están las olmedas.

 

FAUNA

 

En lo que respecta a la fauna  podemos ver distintas especies 125  aves, 35  mamíferos, 19  reptiles y 13   anfibios. Dada la ausencia de depredadores, se puede encontrar gran variedad y superpoblaciones de especies de caza menor como conejos, perdices, palomas torcaces y animales de caza mayor como ciervos, jabalíes, gamos, entre otros.  Se estima que viven cerca de 4.000 gamos, 3.600 ciervos y 500 jabalíes, además de 30.000 conejos. Periódicamente se realizan cazas controladas de animales, para impedir que las superpoblaciones acaben con los recursos vegetales del paraje. Junto a las especies de caza, también hay   mamíferos como gatos monteses, zorros, tejones, garduñas y ginetas.

Entre las aves se encuentra el águila imperiel, el elanio y el búho real, además,   de urracas, buitres negros y picapinos. Aunque la construcción del embalse de El Pardo en 1970,  provocó un fuerte impacto ecológico, al anegar un  valle fértil, favoreció la formación de un nuevo ecosistema, en el que habitan numerosas especies avícolas, atraídas por su población piscícola (barbos, lucios y carpas) y anfibia. Destacan el águila pescadora, la cigüeña negra, el cormorán grande, la grulla común, la gaviota reidora y varias especies de anátidas. Está recogido en el catálogo regional de zonas húmedas, por su valor faunístico y paisajístico.

 

 

 

LOS SILLARES DE LA IGLESIA DEL BUEN SUCESO

EN UNA ESCOMBRERA DEL MONTE DE EL PARDO

Paseando por el monte del Pardo, pudimos observar a lo lejos la presencia de unas rocas con formas especialmente geométricas. Al acercarnos a ellas, descubrimos unos sillares de granito hermosamente labrados con formas que parecían extraídas de una fachada decimonónica.

 

La sorpresa fue grande, no sólo por las características del hallazgo, también por encontrarse en un bosque protegido. Buscando inscripciones, tirando de los pocos datos que rescatamos del olvido, un nombre de profunda tradición madrileña apareció ante nuestros ojos, “El Buen Suceso”.

Rebuscando entre los documentos históricos que arrojaran luz al origen de los sillares, pudimos saber que la Iglesia y Hospital de Nuestra Señora del Buen Suceso nace en una institución creada por los Reyes Católicos en 1483, El Hospital Real de la Corte, consistente en un equipo itinerante de físicos, así llamados entonces los médicos, y religiosos que atendían la salud de los cortesanos en los innumerables viajes que los monarcas realizaban por sus posesiones en la recién creada España. Fue su nieto Carlos I quien la asentó en la corte madrileña y decretó en 1529 que se ubicara extramuros, es decir al otro lado de la puerta que se conocía, ya por aquel entonces, como Puerta del Sol, tal vez por el miedo que se tenía a las incontrolables epidemias y enfermedades infecciosas, de difícil tratamiento entonces.

En 1561, el Buen Suceso era de facto el primer hospital no religioso de la corte, pero en esta primera construcción, la calidad de los materiales y el diseño de la obra no fueron precisamente los adecuados, por lo que la necesidad de reformas y mantenimientos se hizo constante y onerosa para las arcas reales.  

Su deficiente construcción pues, aconsejó a la Corona demoler el templo y hospital para abordar la edificación de uno nuevo, acorde con la grandeza del imperio que, por entonces, tenía su epicentro en una pequeña ciudad con escasos recursos, Madrid. El Buen Suceso sufre así su primera destrucción. 

El sucesor del Emperador, Felipe II, ordenó su demolición en 1590 para abordar la construcción del nuevo y mejor hospital y templo. Ya entonces, la Puerta del Sol era el lugar de encuentro que aún hoy presume ser para madrileños y visitantes, la ciudad había crecido y el nuevo edificio no sería extramuros, sin embargo, se incautaron solares y edificios aledaños para darle mayor espacio y monumentalidad.

El nuevo diseño salió de la mano del prestigioso gabinete de Juan de Herrera, pero su muerte impidió al laureado arquitecto de la corte ver concluidas las obras, además, el traslado de la corte a Valladolid de 1601 a 1606 y la falta de recursos de la corona, enterrados en guerras de religión, mantuvieron bajo actividad mínima e incluso paralizadas las obras en muchos momentos. La vuelta de la corte a Madrid impulsó la reconstrucción del Buen Suceso que, no obstante no se dio por concluida, aunque el hospital fuera operativo, hasta el año 1700. Desde entonces y hasta el siglo XIX, fue lugar de culto y hospital de referencia de la ciudad, un espacio muy querido por la ciudadanía.

Su fachada lucía uno de los escasos relojes de la ciudad, por lo que puedo decir sin miedo a equivocarme que, probablemente, su fachada recibiera miles de miradas más que cualquier otra del viejo Madrid.

Pero la guerra se cruzó con mala saña ante los madrileños, el día 2 de mayo de 1808, el incidente a las puertas del palacio, cuando los ciudadanos que por allí pasaban se dieron cuenta del secuestro de los infantes, por parte de las tropas de Joaquín Murat, cuñado de Napoleón, la mecha de la guerra prendió con toda la violencia posible. Las clases populares se enfrentaron con el casi nulo apoyo de la nobleza y la burguesía, a las tropas de élite del advenedizo Murat, provocando uno de los episodios más terribles de la llamada Guerra de la   Independencia que en este punto y ante la incredulidad del Emperador, se extendía como un reguero de pólvora, definitivamente, los planes de convertir a España en un estado satélite de Francia se iban a torcer dramáticamente y ese sería el primer punto de inflexión. La puerta del sol fue el escenario de un cruento enfrentamiento entre ciudadanos y coraceros franceses. La Casa de Correos y El Buen Suceso, especialmente este último, sufrieron las consecuencias. La fachada y el interior quedaron prácticamente destruidos por los combates que allí tuvieron lugar cuando los ciudadanos, creyéndose a salvo en el interior del templo aceptando la figura de “acogerse a sagrado” descubrieron que las tropas francesas no entendían de reglas, la lucha se trasladó al interior y la destrucción del Buen Suceso fue importante. No se inició la reconstrucción hasta 1832.

Transcurrieron 22 años desde esa reconstrucción cuando, en   1854, se acomete la remodelación y ampliación de la Puerta del Sol. El Edificio del Buen suceso, situado entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, sufre su segunda demolición. En el lugar donde estaba, hoy hay parte de la plaza y el edificio que una vez fue del Hotel de París y actualmente perteneciente a la multinacional norteamericana Apple, la causante de que uno de los emblemas de la plaza, el luminoso del Tío Pepe, haya de ser cambiado de sitio. Es curioso que siempre ha sido la   piqueta la que ha acabado con el Buen Suceso, unas veces por la mejora del propio edificio, la primera, otras por la mejora de la ciudad, la segunda y finalmente por la mejora de los bolsillos de más de uno, la tercera y última, pero otra de las obras en la emblemática plaza de Madrid otorgó, más de cien años después, protagonismo al extinto edificio de la Puerta del Sol.

La construcción de un intercambiador de transportes en el subsuelo de la plaza que permite unir las líneas de metro y ferrocarril de cercanías en pleno centro de Madrid. Durante el proceso de construcción aparecieron los cimientos del edificio del Buen Suceso. Con sumo cuidado fueron trasladados 12 metros más abajo para poder salvarlos como recuerdo de tan emblemático edificio. Aún pueden contemplarse esos cimientos en los pasillos de la estación de tren en cuya construcción pudieron ver la luz. Sus escombros y los de muchas de las casas derribadas para la remodelación de la plaza, yacen bajo el talud del Campo del Moro. El Buen Suceso desaparece por segunda vez.

Pero la historia quiso que el   hospital tuviera una tercera vida. En 1868 Iglesia y hospital fueron   construidos de nuevo en la calle Princesa 43, en el entonces barrio de Pozas. La presencia y la historia del Buen Suceso incluso le dio nombre a una calle aledaña a la nueva ubicación. Pero otra vez la guerra llevó la destrucción al Buen Suceso. La zona fue barrida por la artillería situada en el Cerro de Garabitas de la Casa de Campo y tanto iglesia como hospital fueron víctimas de los obuses. Toda la zona fue virtualmente línea del frente de Madrid, desde el Puente de los Franceses, la Ciudad Universitaria, el Hospital Clínico y el Parque del Oeste.

En 1940 se reconstruye, como ocurrió con su antecesora tras la Guerra de la Independencia y en 1942 pasa a depender del Ejercito del Aire siendo el primer centro sanitario de la aviación española.

A pesar de la fuerte oposición vecinal, en 1975 la piqueta acaba por tercera vez con el templo y el hospital, como en la vez anterior, más acosada por la especulación inmobiliaria que por el abandono que padecía al construir, el entonces Ministerio del Aire, el hospital de Arturo Soria. El solar de Princesa 43 era ya entonces un bocado exquisito para constructores y depredadores financieros. La calle Princesa era y es una de las más cotizadas de la ciudad. La nueva Iglesia ya no conserva la grandeza de sus predecesoras, tan solo el nombre, una construcción ultramoderna recubierta de acero, no muy grande y el edificio que está a su lado no alberga hospital alguno, son viviendas muy caras y locales comerciales que ya pertenecen a un conocido gran almacén madrileño.

El espíritu del Hospital Real de la Corte que instituyeron los Reyes Católicos o la Iglesia del Buen Suceso obra de Felipe II, yacen sobre lo que fuera una escombrera en el monte del Pardo, sillares   primorosamente labrados, que una vez fueron orgullo de los madrileños y depositarios de casi medio milenio de historia, languidecen en el olvido.

 

 

 

 


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