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Jardines Versallescos de La Granja de San Ildefonso

En la estribación norte de la Sierra de Guadarrama, un panorama de cuento de hadas se ofrece al visitante, es el palacio y los jardines de La Granja de San Ildefonso. Tal vez uno de los últimos vestigios de jardines de inspiración francesa del Siglo XVIII que se pueden visitar en España.

Los bosques de Valsaín, donde se encuadra este magnífico paraje, fueron en tiempos del Reino de Castilla, un apreciado cazadero real, tal es así que en la villa del mismo nombre, Enrique IV de Trastamara construyó un palacio, hoy en ruinas, que se conformó como el primer Real sitio documentado. La importancia de este edificio palaciego tuvo su mayor brillantez   en   los esponsales     de       Felipe II, acaecidos en el Alcázar segoviano y celebrados en el palacio de Valsaín. Tal fue la importancia del real sitio que Felipe II llegó a barajar el lugar para la construcción del Monasterio que finalmente se construiría en el paraje de El Escorial.

Diversos incendios llevaron la ruina al palacio, hasta el punto que la zona perdió interés para la corona. El primero de los Borbones, Felipe V, quedó encantado de las bondades del lugar en 1717 y decidió adquirir los terrenos junto a los que ya poseía la corona como cazadero, con el fin de construir un palacio austero destinado a la caza y el descanso. En 1718 la finca, que fue un regalo de los Reyes Católicos para los monjes jerónimos del monasterio segoviano del Parral y que albergaba otro pequeño edificio monástico dedicado a San Ildefonso y en sus tierras, además de una hospedería, unas huertas y una granja, que finalmente sirvió para dar el nombre a este lugar increíble, fue adquirida por el monarca. Las obras comenzaron en 1721 y tres años después estaban prácticamente terminadas, tal es así que Felipe V, enfermo de depresión, decidió abdicar en su hijo, Luis I, para retirarse a su nueva y muy querida posesión segoviana. Pero la paz que esperaba obtener le fue negada, ese mismo año el joven rey fallecía de viruela a la edad de 17 años, tras 229 días de reinado, el más efímero de la historia monárquica española. La corona volvió entonces al Rey Felipe no sin el disgusto de la nobleza, quien reinó desde la que se consideró en vida de su hijo, corte paralela de La Granja. Durante más de 20 años, esa pequeña villa serrana fue el centro neurálgico de todas las Españas durante prolongados periodos de su reinado.

Tal vez por esa razón, la segunda esposa del monarca, la italiana Isabel de Farnesio, decidió romper con el modelo que el Rey había imaginado para el palacio de La Granja y así, al encargo inicial a los arquitectos Teodoro Ardemans y Juan Román, unió los nombres de los italianos Procaccini, Sachetti y Juvara para dotar a las estancias palaciegas del lujo y boato que el monarca acostumbraba en su Francia natal, pero con el gusto y la elegancia de Italia, cuna de la Reina. Siguiendo la tendencia de Versalles, el entorno del palacio se rodea de jardines al gusto de la época, adquiriendo una relevancia superior a la del propio palacio. El diseño del sistema hidráulico para las fuentes corrió a cargo del ingeniero Merchan mientras que la jardinería lleva la firma de prestigiosos profesionales franceses como Boutelou y René Carlier que dotan a sus paseos y fuentes con ese estilo tan del gusto francés que el monarca echaba de menos.

Aunque el Rey dejó este mundo en Madrid, un día del mes de julio de 1746, con sus facultades mentales totalmente perdidas y su físico totalmente deteriorado, dejó específicamente ordenado que sus restos reposaran para siempre en el Palacio de La Granja de San Ildefonso, el único lugar en el que se sintió cerca de su querido Versalles, en el que creó un mundo de ensueño en el que refugiarse de otro real que le superaba, que le oprimía y al que despreciaba.

Tras su muerte accedió al trono el hijo mayor vivo de Felipe V, que mantenía unas muy tensas relaciones con su madrastra la reina a la que un año después de ceñir la corona desterró al Palacio de La Granja. Isabel de Farnesio, de cuyo pecunio salió el dinero para comprar el vecino coto de Riofrío, donde edificó un palacio más austero que el de La Granja y que hoy se puede visitar, en especial el museo de la caza, único por estos pagos, decidió que su cuerpo reposara junto al de su marido. Hoy pueden visitarse los sepulcros de los monarcas en la Real Colegiata de la Santísima Trinidad en el interior del recinto del Palacio.

Los jardines del Real sitio de La Granja de San Ildefonso son un muy bien conservado ejemplo de los gustos palaciegos del Siglo XVIII en cuanto al diseño forestal para el esparcimiento de la realeza y la nobleza. Ocupan una extensión importante, ni más ni menos que 146 hectáreas,   de las que algo menos de la mitad unas 67 son boscosas. El resto, está diseñado formando parterres y bosquetes delimitados en gran medida por paredes vegetales de carpe. Las avenidas adquieren esa linealidad tan del gusto de la época mediante la plantación de hileras de castaños de indias o de tilos a ambos lados del camino, esas eran las dos especies predominantes en la zona no boscosa, en esta última, dominaban los pinos, abetos y robles sobre todo, árboles autóctonos de la zona. Con el tiempo y ya en el siglo XIX, nuevas especies venidas de los confines del reino y de otros países extranjeros, llegaron las secuoyas, los cedros y los arces, de las primeras especies hay unos ejemplares impresionantes a la entrada del palacio, decorando la fachada de la Colegiata, son simplemente fantásticos, solo su contemplación bien merece la visita a esta hermosa localidad segoviana.

Buena parte del recinto está adornada con impresionantes esculturas de mármol blanco y jarrones esculpidos en el mismo material con escenas y motivos mitológicos de gran belleza, pero si en algo ostentan una bien merecida fama estos jardines es en la presencia de fuentes monumentales en avenidas y plazoletas.

Para su creación se encargan grupos escultóricos a afamados artistas de la época, entre ellos, René Fremín, Jean Thierry, Demaudré, Pitué y Boisseau, quienes dieron forma sobre la base del mármol blanco a grupos escultóricos fabricados en plomo y posteriormente pintados con un peculiar color bronce cuyo efecto es extremadamente atractivo. Destacan por su originalidad las fuentes de Neptuno, Apolo, Andrómeda, el canastillo, la fama, los baños de Diana y en especial la cascada de Anfitride que desciende espectacularmente hacia una de las fachadas del palacio en un diseño bastante repetido en los jardines palaciegos del siglo XVIII en toda Europa. En aquel tiempo, la fuerza necesaria para que el agua alcanzara las espectaculares alturas de sus surtidores, se obtenía de algo tan prosaico como la gravedad. Para conseguir ese perfecto funcionamiento, se construyó un depósito de agua enorme en la zona más alta de la finca, al que se denomina “El Mar”, que es alimentado por los arroyos que descienden de los montes aledaños, un agua que nunca falta en la zona y que constituye un bonito paseo por sus riberas.

No es fácil verlas en funcionamiento, tan sólo el día de San Luis el 25 de agosto, el día de Santiago el 25 de julio y el de San Fernando, el 30 de mayo, todas las fuentes se visten de gala mostrando su belleza a los visitantes, el resto del verano, parte de la primavera y el otoño, lo hacen tan solo los fines de semana en horarios diferentes que pueden consultarse en este enlace del sitio web de Patrimonio Nacional. En invierno no funcionan. http://www.patrimonionacional.es/Home/Palacios-Reales/Palacio-Real-de-La-Granja-de-San-Ildefonso/Horario.aspx

Pero los jardines del Palacio de La Granja esconden rincones curiosos, como la ermita de San Ildefonso que estaba originariamente en la granja del monasterio y que se conservó afortunadamente tras la conversión de la finca en Real sitio, hoy restaurada, no se llevó a cabo la restauración como era en origen, esta estancia fue utilizada como almacén de grano y aperos debido a su deterioro, durante muchos años. La piscifactoría que Francisco de Asis, consorte de Isabel II mandó construir en el interior de la finca, la partida de la Reina, una huerta que hacía las delicias de Isabel de Farnesio, la Colegiata, recinto donde yacen los reyes, como ya hemos relatado anteriormente, un invernáculo anexo al palacio llamado “la casa de las flores” o “El Potosí” donde se protegían las especies más delicadas del crudo invierno segoviano, el laberinto, obra de jardinería muy apreciada por la nobleza de la época, presente en muchos de los jardines de entonces y en especial, el jardín de la Real Botica, en cuyos 3000 metros cuadrados están presentes muchas de las especies tradicionales en la medicina de la época, basada fundamentalmente en la Fitoterapia. Muchos de estos rincones requieren permiso de visita por su delicado equilibrio, por lo que reitero la necesidad de consultar con la página de Patrimonio Nacional.

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