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El Palacio de El Pardo no es muy grande, como tampoco lo son sus jardines, pero eso poco importa, está situado en una finca de gran riqueza ecológica que data de tiempos remotos, tanto que era de las preferidas por los monarcas para su utilización como cazadero.

 

El monte de El Pardo ha sido cazadero Real desde que fue arrebatado a los reyes musulmanes, pero es en tiempos del reinado de Enrique III de Castilla cuando se construye la primera Casa Real en el lugar donde se erige el actual palacio. El joven monarca utilizaba la finca siempre que no guerreaba, aprovechando su riqueza cinegética. La fecha que los historiadores aprueban como la más probable es la de 1405, aunque otros estudiosos de la turbulenta historia de la reconquista defienden que fue el último año del siglo XIV, en 1399 cuando Enrique III da la orden de construcción de lo que sería un pabellón de caza que usaría también para ocultar sus amoríos con María de Albornoz,   esposa del noble y escritor Enrique de Villena. Poco pudo disfrutar el Rey castellano de su propiedad, por que falleció a finales de 1406 en Alcalá de Henares cuando no había vivido más de 27 años. No mucho tiempo después, su nieto Enrique IV convirtió el pabellón de caza de su abuelo en un pequeño castillo, acorde con los tiempos, de hecho aun hoy quedan restos de esa construcción, como una parte del foso y la planta rectangular con torreones en las esquinas.

 

 

Pero fue Carlos I quien convirtió el castillo en un palacio en toda la extensión de la palabra. Fue en 1547 cuando comenzaron las obras de la mano del arquitecto Luis de Vega, autor también del Palacio de Valsain, hoy en ruinas y que junto con otros arquitectos de renombre, dedicaba su trabajo a las obras de la corona. Esta remodelación, no obstante, acabó en el año 1558, once años después, ya reinando Felipe II, bajo la supervisión del arquitecto Juan de Vergara.

 

Pero la necesidad del fuego para la iluminación y la calefacción en aquellos tiempos, unido a la presencia masiva de madera en el entramado de estas construcciones y la no menos peligrosa de gran número de tapices, tan de moda en las casas reales y de la nobleza, provocó un pavoroso incendio que destruyó buena parte del palacio, como ocurriría años después con la residencia Real, el Alcázar de Madrid. En sus estancias se perdieron gran número de obras de arte. Esto ocurrió el 13 de marzo de 1604, siendo Rey Felipe III quien ordenó la reconstrucción al sucesor de Juan de Herrera en las obras de El Escorial, Francisco de Mora, obras que se prolongaron hasta el reinado de su hijo, Felipe IV y que constituyen la base fundamental sobre la que descansó la siguiente remodelación.

 

Siglo y medio después, Carlos III, complacido por las bondades del entorno para convertirse en Palacio de invierno y su cercanía al Palacio Real, encargó a uno de sus arquitectos de cámara, Francesco Sabatini la ampliación y remodelación del edificio, que es la que hoy se puede disfrutar.

 

 

Pero el Real Sitio continuó formando parte de la Historia de España, realmente ha ejercido un protagonismo que poco se ha valorado. La cerrazón de los sectarismos ha sido la culpable de que se ignorara la interesante historia del Palacio de El Pardo.

 

Fue el efímero monarca José I, hermano de Napoleón Bonaparte quien residió en él hasta que se trasladó al palacio Real, tras la entrada a sangre y fuego del Emperador en Madrid. Según cuenta Don Benito Pérez Galdós en sus   episodios nacionales, Napoleón asistió a algunos actos en sus estancias, aunque prefirió utilizar como residencia el palacio del Duque del Infantado en la entonces localidad de Chamartín, Edificio que años después fue cedido por sus propietarios a la congregación de religiosas del Sagrado Corazón donde éstas fundaron el colegio del Sagrado Corazón de Chamartín. El palacio fue destruido durante la quema de conventos previa a la guerra civil y hoy solo se conserva una pequeña parte, pero retornemos al palacio de El Pardo y a su historia.

 

Fue residencia oficial de Carlos IV durante su etapa de Príncipe de Asturias, lo que dio a su interior una nueva lozanía y riqueza, sin embargo, tras la Guerra de la Independencia, Fernando VII lo utilizó poco, aunque si amplió la extensión de sus tierras. Tras su muerte cayó en el abandono hasta que se restauró para ser la residencia de la prometida de Alfonso XII, María Cristina de Augsburgo hasta los esponsales. En 1885, fallecía en los aposentos reales de este Real Sitio, Alfonso XII.

 

 

No mucho después, el Palacio también fue residencia de Victoria Eugenia de Wattenberg hasta sus esponsales con Alfonso XIII. La llegada de la Segunda Republica, permitió la confiscación del Palacio para uso gubernamental, pero el único que se le otorgó, ya en la Guerra Civil fue el de cuartel general de las Brigadas Internacionales. Concluida la contienda, tras las obras que repararon los desperfectos causados por sus anteriores ocupantes, pasó a ser la residencia oficial del Jefe del Estado General Franco y el lugar donde se celebraban los Consejos de Ministros. Hoy es la residencia oficial en España de los Mandatarios que la visitan oficialmente, pero está abierto al público en horarios y fechas en las que no tiene uso oficial.

 

 

Como puede verse en las imágenes, los jardines son pequeños, bastante parcos, lo que sin duda puede achacarse a la famosa austeridad del General Franco. En la fachada principal existen unos cuidados parterres que no hace mucho estaban cubiertos de flores, ahora se pueden ver gravas de colores adornando el entorno de dos pequeñas y hermosas fuentes. Frente a todo esto, la avenida principal que comunica la entrada de gala con la puerta principal del palacio, a ambos lados, bosquetes de hermosos y viejos pinos, magnolios de magnífico porte, búcaros que aun en el momento de hacer el reportaje fotográfico lucían flores de temporada, caminos cuidados, escaleras, rosaledas setos de boj y alguna que otra pradera. En uno de sus laterales aun conserva el palacio el foso original del castillo del siglo XV, pero sin lugar a dudas, el mayor patrimonio del Real Sitio es sin duda la extensión de dehesas, perfectamente conservadas en su gran mayoría y que mantienen su fantástica riqueza cinegética por lo que, aunque no pudimos visitarlas por ser de acceso restringido, en toda la finca se erigen pabellones de caza y refugios que hacen llevadera la práctica cinegética incluso con tiempos poco apacible. En el entorno del palacio, sí es posible recorrer algunas de las dehesas llenas de monte bajo y fundamentalmente encinas, que dan cobijo y alimento a venados y jabalíes, sin duda un recomendable paseo.

 

 

 

 

 

 

 

 


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