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En el medievo, Madrid terminaba abruptamente en un gran desnivel en las cercanías del río Manzanares. Ese fue el lugar que los musulmanes eligieron para construir la muralla de su fortaleza, Mayrit. Y sobre los restos de una construcción visigoda, se edificó un edificio que fue la base del castillo sobre cuyos muros pesaba la responsabilidad de defender la frontera, porque Madrid fue frontera duradera, fuente de innumerables incidentes y escaramuzas.  

 

Parte de esa frontera son aún las varias atalayas que surcan la zona norte de la capital, entre las que cabe destacar la milenaria de Torrelodones, restaurada a principios del siglo pasado, y una red de puentes de los que algunos solo lucen el arco central, como el del Pasadero en Valdemorillo, el de Alcanzorla entre Torrelodones y Galapagar, el de Hoyo de Manzanares bien conservado o el de Talamanca del Jarama, muy bien restaurado y plató natural para series y películas de ficción histórica de todo tipo.

 

La orden de construir la fortaleza parte de Muhamad I, entre los años 860 y 880, así pues, asentamiento del actual palacio tiene remotos orígenes sin duda, aunque su real función como tal no llega hasta Enrique III de Castilla a finales del siglo XIV, pero es Carlos I quien realiza las obras pertinentes de ampliación para convertirlo en residencia real. Con sucesivas ampliaciones llegó hasta el incendio que dio al traste con un viejo edificio que a pesar de las mejoras, nunca tuvo un diseño adecuado.

Cuatro años después del incendio, se iniciaron las obras del actual Palacio Real, ordenadas por Felipe V a Filippo Juvara, aunque fue su discípulo Juan Bautista Sachetti quien dotó de gran personalidad a la construcción, quien cedió el testigo al protagonista de buena parte de lo que hoy hablamos, Francisco Sabatini, por orden de Carlos III para adaptar el diseño al gusto de la época y, por supuesto del nuevo monarca y a su vez, concluir definitivamente las obras.

En los planos de Sachetti se contemplaba las obras de eliminación de varios de los edificios que se erigían frente a la entrada principal del nuevo palacio con el fin de crear una plaza ajardinada monumental que por unas u otras circunstancias no se iniciaron hasta la llegada del hermano de Napoleón Bonaparte, José I. Acostumbrado a la monumentalidad de Paris, decidió reformar el aspecto de la capital del que fue temporalmente su reino para dar a Madrid la importancia que él deseaba de una corte europea con la historia y tradición de la Española, no en vano recibió de la ciudadanía el sobrenombre de “Pepe plazuelas” por los proyectos que en los casi cinco años que duró su reinado, puso en funcionamiento y cuya configuración forma parte del más hermoso Madrid. Tras la vuelta de los Borbones a Madrid, las obras de la Plaza de Oriente estaban comenzadas y Fernando VII puso a sus arquitectos de cámara a trabajar en la conclusión del proyecto, uniendo otra obra emblemática, la construcción de un teatro digno de la realeza, el Teatro Real, construido frente a la fachada del Palacio al otro lado de la plaza, para lo que también hubo que demoler el viejo teatro de los Caños del Peral. El autor del proyecto es Narciso Pascual y Colomer. En el centro se instaló una escultura de Felipe IV del siglo XVII que parece ser fue la primera ecuestre que se realizó, el problema de peso fue resuelto por Galileo Galilei nada menos, el autor fue Pietro Tacca.

 

Los jardines de la Plaza de Oriente, tras la remodelación de 1941 cuentan con un diseño peculiar, basado en la escultura ecuestre situada sobre una fuente del Siglo XIX, cuidados jardines con setos de boj y plátanos de sombra, dos fuentes en los laterales del paseo central, perpendicular a la entrada principal del Palacio Real, pero quizás lo que más destaca es la serie de esculturas de Reyes hispanos en las avenidas de los lados del paseo central, realizadas en piedra caliza, encargadas por Fernando VI el siglo XVIII para decorar el Palacio pero que nunca ocuparon el lugar previsto que era la cornisa del Palacio, por temor a que no soportara el peso. Además, según cuenta la leyenda, la Reina Bárbara de Braganza tuvo un sueño que creyó premonitorio en el que las esculturas caían de las cornisas provocando grandes daños y víctimas. Al final, las esculturas fueron a parar a la Plaza de Oriente, a los jardines de Sabatini, al parque del Retiro, a la puerta de Toledo y a los jardines del Capricho, además de Burgos y Pamplona, por fortuna para los nuevos lugares donde se ubican.

Otro de los lugares emblemáticos de esta plaza no tiene jardines, es la placa que conmemora el lugar donde saltó la chispa que inició la Guerra de la Independencia. Un Cerrajero, Blas Molina se llamaba según los investigadores de tan dramáticos acontecimientos trató de evitar que se llevaran a los Infantes, todo lo que ocurrió después está en los libros de historia, era el día 2 de mayo de 1808 en ese mismo lugar.

Paseando unos metros en dirección a la plaza de España, unas escalinatas a cuyo pie descansa una no muy grande escultura de Carlos III, dan acceso a los jardines de Sabatini, unas escaleras que fueron construidas en el año 1972. Estos jardines ocupan el lugar que en principio albergaban las caballerizas reales, unos edificios de servicio diseñados por Francesco Sabatini, requisados por la Segunda República en 1931 y entregados al Ayuntamiento de Madrid para la creación de un parque de uso público, que es precisamente la función de los jardines de Sabatini. En esas fechas turbulentas, la piqueta envió al vertedero los muros de las caballerizas, con lo que, si bien se destruían edificios que formaban parte de la historia, la estética   del entorno se vio enormemente favorecida.

Los jardines de Sabatini son pequeños si los comparamos con los del campo del Moro, con setos de boj que rodean un estanque pequeño desde el que se obtienen unas panorámicas del Palacio de gran belleza, este estanque está rodeado de algunas de las esculturas de reyes cuyo origen es el mismo que las de la Plaza de Oriente. Su diseño es de estilo francés, y está diseñado por el arquitecto Fernando García Mercadal. Durante la temporada estival, los jardines quedan prácticamente inutilizados para el paseo ya que el Ayuntamiento instala una construcción portátil para celebrar actividades teatrales y artísticos dentro de los llamados veranos de la Villa, que si bien son de extremada belleza por el marco en el que se celebran, como digo, rompen la estética de los jardines e impiden a los visitantes la vista fantástica del Palacio.

 

 

 

 

 


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