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INVERNADEROS  DEL REAL JARDÍN BOTÁNICO DE MADRID

 

Cuando se trasladó el Real Jardín Botánico a su actual ubicación en 1781 por Real Orden de Carlos III, los invernaderos eran una de las prioridades de su nueva construcción. La climatología de la corte impedía el correcto desarrollo de ciertas especies tropicales que la Marina Real española traía de la España ultramarina, tanto de las Américas como de las Filipinas.

Bien es cierto que el edificio conocido como pabellón Villanueva, diseñado por el genial arquitecto que le da nombre, se diseñó con el fin de ejercer la función de invernáculo. El proyecto del pabellón original se debe a Sabatini, arquitecto de cámara del Monarca Carlos III, pero a pesar de que era hermoso y avanzado, tenía dos defectos que llevaron a no ser contemplada su construcción, era caro y poco práctico para el desarrollo de la labor científica y la docente asociada, tanto a la Academia de las Ciencias que se construía en el edificio contiguo, el que hoy alberga al Museo del Prado, como a la propia del Real Jardín. Pero el concepto de invernáculo que el genial arquitecto italiano plasmó en su diseño era muy avanzado para su época y Villanueva lo adoptó para el diseño final del pabellón docente. Así, el hoy restaurado pabellón docente, disponía a los lados de la entrada principal de sendos invernáculos, nombre por el que se conocía por aquel entonces a los recintos en los que se protegían las plantas delicadas de la forma que la escasa o nula tecnología permitía en la época. En tiempos de bonanza, llegaron a construirse invernaderos auxiliares con mayor impacto de luz solar, pero con pocos medios, resultados poco ventajosos.

Zona desértica

No mucho tiempo después del traslado y la construcción del pabellón docente y los invernáculos de Villanueva, los acontecimientos de 1808 con la invasión francesa, el Jardín botánico entra en una época de postración que no terminaría con el final de las hostilidades. Los efectos de la guerra y los saqueos masivos de los franceses, se prolongaron en el tiempo, la dotación presupuestaria no llegaba al jardín, lo poco que había se gastaba en los fastos de la corte del Rey felón y el estado de los invernáculos como todas las estancias del lugar se tornó ruinoso.

La ciencia española siempre ha sido brillante, hombres ilustres la han llenado de grandes hechos y sin embargo, los gobernantes la han postergado, por su propia estupidez, virtud que ha adornado y adorna sus hechos y perfiles. Uno de ellos, Don Mariano de la Paz Graells, riojano de pro, uno de los más distinguidos científicos del siglo XIX, fue decidido impulsor del Real Jardín Botánico y de esos impulsos titánicos nace el invernadero que hoy lleva su nombre, la estufa de las palmas o estufa de Graells, una excepcional construcción que hoy es una de las más hermosas del recinto.

Zona subtropical

Fue construido en el año 1856 con el fin de conservar las mejores especies tropicales de las que disponía el jardín. Construido con la mejor de las orientaciones posibles, dispone de zonas en las que la luz cumple una doble función, calentar y entregar la luz perfecta que simule el bioclima de las zonas tropicales, En el fondo de la nave, se eleva una cristalera circular muy al gusto de la época, entorno a un pilar metálico labrado. El semicírculo   acristalado   esconde una pequeña fuente que acoge a las especies acuáticas, un prodigio para una época y un lugar en el que la ciencia tan sólo servía para empobrecer a los que la amaban. Tan solo algunos nobles de fortuna pudieron llegar hasta donde les llegó la hacienda. Pero el visitante observará que en el suelo de los pasillos del invernadero hay unas rejas hermosamente trabajadas que, a pesar de su belleza, tenían una importancia capital. La definición de estufa viene dada por el calor que es preciso aportar para lograr mantener la temperatura adecuada al bioclima que se desea crear, este invernadero nace cuando la tecnología es escasa, por lo que, dada la escasez de medios, los diseñadores de la estufa de Graells utilizaron una forma de mantener la temperatura y la humedad, sostenible y barata, y lo que es mejor, funciona perfectamente. En el foso que cubren los enrejados del suelo del invernadero, se depositaba estiércol que, en el proceso de su fermentación, genera calor y un cierto grado de humedad, unidos ambos efectos y teniendo en cuenta que, posterior a esa fermentación el resultado es utilizable como abono, la técnica es ecológica y funcional, aunque menos aplicable a una estancia de exposición pública por el olor, lógicamente, pero funciona sin electricidad ni petróleo. El contenido de la Estufa de Graells es fantástico y la visita es tal vez la más espectacular del Botánico, incluso a mí me gusta más que el invernadero moderno.

Zona tropical

El primer invernadero que se visita es eminentemente para exposición, inaugurado en 1993, hoy recibe el nombre de otro de los grandes protagonistas que han dejado su impronta única en la historia del Jardín y de la ciencia de esta tierra, Santiago Castroviejo Bolibar, padre del vasto y fundamental proyecto “Flora Ibérica” y Académico, probablemente uno de los científicos españoles más conocido y galardonado en su campo. Su moderna construcción lo hace prácticamente autosuficiente en la tarea del mantenimiento del bioclima de cada una de las tres secciones que lo componen.

La primera zona en ser visitada es la dedicada al clima desértico y en ella se muestra una colección de plantas vivas que no es fácil de ver en un invernadero, no solo en España, son pocos los lugares donde poder verlas juntas. El segundo sector es de clima subtropical y el tercero de clima tropical. Es este último la humedad se mantiene mediante sistemas de microdifusión de agua que a menudo sorprende al visitante ofreciéndole una dosis de frescura y un panorama visual impresionante, generando una especie de neblina artificial que recuerda ciertas horas del día en la jungla, allí hemos podido disfrutar incluso de una sección de plantas carnívoras.

Perfectamente indicadas las variedades, el enamorado de la botánica se encontrará en un entorno paradisíaco observando plantas que no podrá conocer salvo viaje a su entorno o durante la visita a esta hermosa instalación, pero los invernaderos no son lo único que merece la pena ver en este Jardín Botánico, hay mucho más, pero esa es otra historia que abordaremos más adelante.

COLECCIONES BOTÁNICAS DE LA ESTUFA DE LAS PALMAS

En este invernadero se puede observar una pequeña colección de palmas (familia Arecáceas), plataneras (Musa sp.) y una representación de Pteridófitos, plantas sin flores ni semillas, que se reproducen por esporas, son uno de los grupos más primitivos en la evolución vegetal. Son los primeros en sintetizar la lignina, sustancia dura con la que logran construir los vasos conductores cuya función es transportar los nutrientes de una parte a otra de la planta. Este grupo comprende principalmente los helechos, de los cuales encontramos una amplia representación en este invernadero.

Estufa de Las Palmas

 

 

 

 


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